Ladrilleros de Cetina

ladrilleros-de-cetina En Cetina, localidad milenaria de la ribera del Jalón, se ha conservado una tradición digna  de admiración; el oficio de ladrillero. Un oficio que sigue escrupulosamente las maneras de los antiguos mudéjares, que tantas torres y palacios construyeron en estas tierras.

Es la familia Marco la que sigue manteniendo viva esta costumbre. Los materiales necesarios para la fabricación del ladrillo son simples: tierra, agua y fuego. La tierra se obtiene de los alrededores y es rojiza y arcillosa. El agua de un pozo situado dentro de la fábrica y el fuego, para la cocción, se realiza en el horno.

En los meses del crudo invierno se prepara la tierra, a fuerza de pico y pala, deshaciéndola hasta convertirla casi en arena. En primavera verano y otoño el proceso es continuo. La tierra se echa en una gran pila y al día siguiente se mezcla con 500 litros de agua y algo de paja, pisando el barro hasta que se hace una gran masa. En la era, ahora con techo, se prepara el suelo con una capa de ceniza y arena, para que el barro no se pegue al suelo. Este se extiende en unos moldes de diferentes formas y tamaños, aunque el más común es el ladrillo tradicional de 25x12x3.
Seguidamente se pasa el rasero y se levanta el citado molde, mojándolo, repitiendo la operación en toda la explanada de la era. A esto se le denomina cortado y nunca se efectúa en invierno, pues los fríos y el hielo rajarían los ladrillos en la cocción. Este trabajo se culmina con el palmeo para alisarlos y después se les pasa los charranderos, especie de hoces para quitar las rebabas que han quedado al quitar los moldes. A continuación el ladrillo se almacena en filas, dejando una pequeña abertura para facilitar el secado. De allí pasarán al horno en el proceso más delicado e importante. El horno de cuya existencia se pierde en la memoria de los tiempos, consta de dos partes. La inferior o bóveda es donde se quema la leña y esta compuesta por cuatro arcos de ladrillos, unidos por unas arquetas con agujeros que permiten comunicar el fuego con la parte superior. La zona alta se denomina horno, es de forma cúbica pero sin techo y con una pequeña puerta. Los ladrillos son depositados de canto de dos en dos, formando lo que se denominan camas. La primera cama se forma con ladrillos viejos pues es la que más sufre. Se levantan 25 camas, conservando los huecos del tiro del fuego en las 10 o 12 primeras. Luego se cambia la posición del ladrillo para aprovechar el calor. En total son 12000 ladrillos que tardan en cocer de 35 a 40 horas. El fuego es encendido al amanecer, alimentado con leña hasta que alcanza unos 1000 grados, y no se apaga hasta 25 horas mas tarde. Después se irán cerrando los tiros, tanto de la boca del fuego, operación que se denomina encascar, como por el techo, que se cubre con cascotes y luego con arena para conducir el tiro donde quedan los ladrillos todavía sin cocer.

Después de 8 a 10 días el horno ya estará enfriado y se procederá a su retirada, para su almacenaje y posterior venta. Nos comenta uno de los Marco que la producción está toda vendida y más que pudieran fabricar, pero este es un oficio manual y artesanal y no se puede correr, por lo cual mas vale hacerlo como siempre, pues es sin duda la clave del éxito y la permanencia de esta tradición tan arraigada en Cetina.

Extraido de la web:
Oficios en nuestros pueblos

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