Construyendo lazos con ladrillos

Rosario, Santa Fe, Argentina: 25/07/2008
Por Verónica Quintana.
Casi bordeando los confines de la ciudad de Rosario, recorriendo las últimas arterias de Barrio Cristalería, un camino de tierra al costado de la calle Villa del Parque conduce a 16 campamentos de hornos de ladrillos, donde trabajan más de 150 personas de manera directa e involucra a otro centenar de forma indirecta. Un modo de producción cooperativo, que construye fuertes lazos sociales.
Mientras me dirijo a hacer la nota, miro las nubes y dudo si el tiempo me permitirá encontrar en el predio de los horneros alguien a quién hacer la entrevista, en un día húmedo, lluvioso, frío y gris, que acobardaría a cualquiera. Pero los ladrilleros no se acobardan. Los encuentro allí, haciendo su trabajo a la intemperie, metiendo las manos en el barro frío, respirando humedad, con sus rostros curtidos por el frío del invierno y el sol del verano, con sus manos agrietadas y resecas por el trabajo manual.
En el descampado donde producen estos 16 emprendimientos que comparten el mismo espacio de producción, se pueden divisar montañas de ladrillos apilados, hornos listos para el fuego y muchas personas trabajando.
Apenas llegué al lugar recordé porqué estaba allí: me había resultado novedoso que estas personas se estaban formando en cooperativismo al revés de cómo sucede normalmente. La mayoría de las cooperativas se conforman de personas sueltas que deciden unirse con un objetivo en común. Estas personas comenzaron de una manera diversa. Primero se conocieron, cada uno en su propio emprendimiento, comparten el lugar de producción, que es un predio municipal, y colaboran de manera solidaria entre sí desde hace mucho tiempo. Es decir, que estaban de hecho realizando un trabajo cooperativo, casi sin saberlo.
A raíz de la falta de obras de infraestructura en la zona y las características geográficas del lugar, Nuevo Alberdi y Cristalería fueron los barrios más afectados por las lluvias y posteriores inundaciones de marzo de 2007, destrozando casas, negocios, talleres, escuelas, etc. En este entorno difícil, los vecinos iniciaron reclamos a las autoridades locales y provinciales para dar soluciones económicas inmediatas a la emergencia social. En la búsqueda de solucionar los problemas comunes a todos, se reafirmaron de manera espontánea los lazos sociales entre los habitantes del barrio. Algunos ladrilleros, que ya compartían el lugar de producción, aceptaron de manera solidaria la localización de otros emprendimientos, fortaleciendo así las relaciones entre pares.
Como una manera de dar respuestas las demandas de los vecinos, la Municipalidad de Rosario instrumentó subsidios con fondos girados por el gobierno provincial y los horneros pudieron reconstruir su ciclo de producción. Atendiendo además a otras demandas que los vecinos habían planteado, en el Polideportivo de Barrio Cristalería, los días martes y jueves se desarrollan cursos de alfabetización y los viernes jornadas de cooperativismo. No obstante, estas ayudas no bastaron para paliar los graves problemas del sector y algunos vecinos continúan hoy esperando que se tomen las medidas necesarias para poder vivir con mayor dignidad.
Daniel Sosa, uno de los ladrilleros que trabaja en el predio hace ya varios años dice : ”Tuvimos que juntarnos, hablar a la municipalidad para exponer nuestra situación, nuestras necesidades y de esa manera, juntos, salimos adelante. El curso de cooperativismo nos sirve porque al estar unidos nos podemos defender más, podemos salir a pelear al mercado y defendernos mejor económicamente. Estamos hermanados en el trabajo. Porque estamos cerca, nos conocemos”
Juan Rotela, uno de los mas antiguos en el lugar, cuenta que su padre empezó como ladrillero para una empresa constructora que tenía hornos en Ibarlucea. Recuerda que “desde ese entonces nosotros cortamos ladrillos. Después cada uno de nosotros empezó a producir por su cuenta. Así que nosotros no empezamos ahora, sino que hace más de treinta años. Hemos trabajado en otras cosas pero siempre, tanto yo como mis hermanos, hemos hecho este trabajo”.
Enrique Cabrera tiene una experiencia similar y relata: “Nosotros hemos crecido de cabeza en el barro y nos criamos en los hornos. He cambiado de trabajo pero vuelvo siempre. Es algo que me gusta. En esto ando como un pescado en el agua. El ladrillo es una de las cosas que más necesita la gente, es un oficio”.
Según dice Cabrera “para ser ladrillero hay que saber hacer de todo. Para hacer ladrillos tenés que ser un artista, tenés que ser comerciante, vendedor, jinete, camionero, meteorólogo…”. Sosa explica que “la producción de ladrillos lleva en sí el trabajo de muchas personas: proveedores de materiales, pisadores, cortadores, estibadores, y compradores. Son varios los entran en este juego”. Y agrega que aunque son 16 hornos que se dedican a realizar el mismo producto entre sí no se ven como competidores: ”No nos vemos como competencia, al contrario, tratamos de ayudarnos. Cada uno trabaja en lo suyo pero por ahí si le hace falta una mano o alguna herramienta a alguno, nos ayudamos entre nosotros”.
La mayoría de ellos son emprendimientos familiares. Además de los padres de familia, allí trabajan hermanos, hijos, sobrinos y aunque en el predio las mujeres no se ven, los hombres aseguran que están presentes cuando sumar manos es necesario y participan de los cursos de cooperativismo. “Es un buen grupo humano, somos muy solidarios entre nosotros” expresa Juan Rotela.
Cabrera afirma que el trabajo de ladrillero es muy sacrificado por tener una elaboración a la intemperie, “te tiene que gustar para hacerlo. Depende del clima que te salga un buen ladrillo, que no te salga medio bayo, medio flojo, que sea lindo. Por ahí vos haces la hornalla para que te salga bien, pero si te sale medio flojo (por las condiciones de la humedad ambiente), lo tenés que vender mas barato y ganar menos”.
Cómo se hacen los ladrillos
Cuando tenemos un ladrillo en nuestras manos, sucede como con cualquier otro tipo objeto: muy poco conocemos de su origen, de los materiales que lo conforman, pero sobre todo de las personas que están detrás del producto. Difícilmente veamos sus caras, desconocemos su trabajo, sus dificultades, sus incomodidades, sus alegrías, sus esperanzas, sus proyectos.
Detrás de cada objeto artesanal hay manos, y en esas manos, seres humanos.
Las manos de los horneros comienzan a trabajar desde que comienza el ciclo de la producción de ladrillos. Pala en mano se hace un pozo en la tierra de 30 centímetros de profundidad y unos 5 metros de diámetro. Allí se depositan tierra, viruta, semillas de girasol u algún otro cereal, materia fecal de caballos para ligar y agua para formar barro. Para mezclar bien los componentes se emplean caballos que, al pisar, levantar y arrastrar sus patas logran darle una textura cremosa y bien amalgamada a la composición.
Una vez bien lograda la masa, se carga en carretillas y se las lleva a la zona de “cortado”, que es un proceso manual en el que se rellenan con barro unos moldes que le darán forma a los ladrillos. Una vez rellenos, se vuelca el molde en el piso y se dejan allí los adobes para que se oreen. Una vez oreados, se apilan en largas filas para el secado. Cuando están bien secos, se los estibaba formando el horno u hornalla, colocando carbonilla entre cada piso para propagar el fuego, dejando unas bocas en los extremos inferiores por donde se introduce leña para su posterior quemado. Se inicia la combustión y se deja arder hasta que las llamas lleguen al borde superior de la hornalla, es decir, hasta la última hilera de ladrillos. Luego de extinguido el fuego, los ladrillos se dejan hasta poder manipularlos y poder venderlos.
Pero según Cabrera “el proceso no termina aquí porque a veces no tenés un pedido y tenés que salir a vender. Ahí te transformás en vendedor y salís a ganarte el mango”.
“Entre todos nos damos una mano”
A pesar de que cada uno tiene su receta y su horno, veo que comparten chistes de un lado a otro, brazos cuando hacen falta, herramientas y -cuando la mano viene bien-, humeantes asaditos a la hora del mediodía. Comparten además los trabajadores que se acercan al predio a hacer changas. Hoy uno necesita brazos para estibar y mañana otro para cortar, rotando así de emprendimiento en emprendimiento.
Daniel Sosa relata orgulloso que “entre todos nos damos una mano y entre las satisfacciones de este oficio está la de dar trabajo a personas jóvenes o personas mayores que no le dan empleo en otro lado. En mi hormo tengo muchachos de18 y 20 años. A lo mejor estos pibes van a la escuela, se reciben, no consiguen trabajo y no pueden ganarse una moneda. En cambio así se lo están ganando. Eso es bueno porque los sacamos de la calle, y por ahí sin darnos cuenta estamos haciendo una obra de bien, están aprendiendo un oficio”.
Mariano Rodríguez cuenta que empezó siendo peón de Daniel, “Yo con él fui aprendiendo un oficio, cómo se levanta un abobe, cómo se quema, hasta que pude hacer un campamento, un pisadero, y ahora estoy trabajando por mi cuenta”.
Enrique Cabrera afirma que “muchas familias dependen de nuestros hornos porque da trabajo a otras personas: fletes, proveedores, pisadores, corralones, el que trae la tierra, el de la viruta, el que pisa el barro, el que carga y descarga”
Los horneros reconocen que están ocupando un terreno fiscal y que algún día deberán dejarlo. Pero no saben dónde ir. Hace muchos años atrás, cuando sus padres eran horneros, arrendaban campos y pagaban el alquiler con su producción. Hoy en día estas condiciones no están dadas. Afirma Cabrera que “lo que pasa es que ahora no hay lugar. Ahora los dueños de los campos plantan soja, entonces nadie quiere alquilar el campo porque la soja les reditúa más. Además, ¿quién va a querer alquilar un campo para ladrillos y llenar el campo de negros? Entonces desgraciadamente tenemos que buscar terrenos fiscales donde trabajar. Ojalá se pudiera hacer como hacia mi viejo que siempre pagó un alquiler y nunca tuvo que ocupar un terreno fiscal. Pero ahora las condiciones del país son distintas a las que tenía mi viejo”.
Los ladrillos, sirven para construir nuestras casas (de quienes tienen las suerte de tenerlas), las escuelas, locales para las actividades comerciales que nos darán el pan para llevar a nuestras mesas. Nos resguardan, nos ponen al reparo de las tempestades, del frío y del excesivo calor. Cobijan nuestros sueños, forman parte de nuestros proyectos y apilados unos sobre otros constituyen ese lugar al que siempre queremos volver, nuestro hogar.
Los ladrillos, además de construir casas, construyen lazos para quienes los hacen y para quienes los tienen y pueden disfrutar.
Fuente:
enREDando.org.ar
Comunidades en Red
http://www.enredando.org.ar/noticias_desarrollo.shtml?x=41315

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Una respuesta to “Construyendo lazos con ladrillos”

  1. RODRIGO RIVERA S. Says:

    Los seres humanos perdemos solidaridad, cuando el paternalismo del estado nos adormese; Pero la naturaleza nos despierta y nos une de nuevo. FELICITACIONES.

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